Hace ya más de un siglo que se empezó a estudiar el fenómeno de la presencia concomitante de alteraciones metabólicas como la obesidad abdominal, la hiperglucemia, la dislipidemia y la hipertensión arterial. Sin embargo, no fue hasta 1988 cuando Reaven finalmente aunó estos criterios biomédicos bajo la denominación de “síndrome X” situando como principal factor etiológico del proceso la resistencia a la insulina. Desde entonces han proliferado distintas propuestas para el diagnóstico de este síndrome, ahora conocido como síndrome metabólico, aunque a día de hoy todavía no se dispone de un criterio unificado. Tampoco está clara cuál es la causa que subyace a este problema ya que se cree que puedan estar interviniendo un conjunto de factores entre los que se incluyen, además de la resistencia a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado, la disfunción del tejido adiposo, el estrés oxidativo, la genética, la disrupción de los ritmos circadianos, las alteraciones en la microbiota intestinal, y la herencia genética y sus modificaciones epigenéticas.

¿Cómo puedo saber si tengo síndrome metabólico?

Siguiendo una de las definiciones, en este caso, la que propuso en 2005 la Asociación Americana del Corazón, el Síndrome Metabólico se diagnosticaría con la presencia de al menos tres de los siguientes cinco factores:

- Obesidad abdominal evaluada mediante el perímetro de cintura:

              Igual o superior a 102 cm en hombres.

              Igual o superior a 88 cm en mujeres.

- Glucosa en ayunas igual o superior a 100 mg/dl o estar en tratamiento con fármacos para reducir la glucemia.

- Triglicéridos plasmáticos igual o por encima de los 150 mg/dl o estar en tratamiento con fármacos para reducir la hipertrigliceridemia.

- HDL colesterol por debajo de las siguientes cifras o estar en tratamiento farmacológico:

              Inferior a 40 mg/dl para hombres.

              Inferior a 50 mg/dl para mujeres.

- Tensión arterial igual o superior a 130 mmHg (sistólica) u 85 mmHg (diastólica) o estar en tratamiento con terapia antihipertensiva.

¿Cuál es el papel de la dieta?

Sobre los mecanismos fisiológicos que subyacen al síndrome metabólico influye todo el conjunto de hábitos que tengamos en nuestro día a día. Por ello, el tratamiento deberá ser interdisciplinar teniendo en cuenta no sólo el patrón dietético, sino también la actividad física, el estrés psicológico, la exposición a tóxicos y el descanso. Yendo más allá de la alimentación saludable propuesta en el programa de alimentación, existen algunas pautas específicas que podrían ayudar a prevenir y revertir este característico estado metabólico.

- La restricción energética podría ser una estrategia útil en aquellos casos en los que exista un excesivo y disfuncional tejido adiposo. No obstante, siempre se debería realizar bajo supervisión profesional y teniendo en cuenta el resto de recomendaciones alimentarias para este síndrome. De forma análoga, los periodos de ayuno utilizados como herramientas cuando sean compatibles con el estilo de vida y la salud mental de la persona podrían favorecer el aumento de la sensibilidad a la insulina o la mejora del estado de inflamación.

- Las dietas con un contenido reducido en carbohidratos también podrían favorecer un aumento en la sensibilidad a la insulina. No obstante, como siempre, deberíamos contar con que las respuestas variarán en cada persona dependiendo del estado metabólico de partida.

- Escoger las opciones alimentarias con un menor índice glucémico, es decir, aquellas fuentes de carbohidratos que no generan una rápida elevación de la glucosa plasmática (hortalizas, legumbres, frutas, cereales integrales y frutos secos), serviría también para reducir el riesgo de esta disfunción hormonal.

- Relacionado con lo anterior, el consumo de fibra, especialmente insoluble, parece reducir el riesgo de resistencia a la insulina.

- La sustitución de las grasas saturadas por grasas insaturadas como las presentes en el aceite de oliva, los frutos secos, las semillas, el aguacate, las aceitunas y los pescados azules, parece tener un efecto positivo a nivel cardiovascular.

- Lo que conocemos como dieta mediterránea que es un patrón dietético basado en el consumo elevado de hortalizas y frutas frescas, legumbres, frutos secos, cereales integrales, aceite de oliva y pescado, también ha sido relacionado directamente con mejores parámetros metabólicos. Particularmente la soja, aunque no es una legumbre tradicional de este tipo de dieta, podría actuar reduciendo la inflamación y mejorando ciertos parámetros lipídicos.

- El aporte adecuado de vitamina B3 o niacina a través del consumo de carne, pescado, cacahuetes o cereales integrales es un factor protector a nivel cardiovascular. No obstante, si se administra en forma de suplementación puede generar efectos secundarios. Mientras que algunos de los minerales cuya ingesta debe ser especialmente controlada para garantizar una normal función metabólica son el magnesio, el calcio, el potasio y el zinc.

Pero, ¿por qué se le da tanta importancia al síndrome metabólico?

Su relevancia a nivel clínico reside sobre dos aspectos fundamentalmente. Por un lado, se debe a que el síndrome metabólico está asociado de forma directa con las enfermedades cardiovasculares (principales responsables de mortalidad en países desarrollados), concretamente con la aterosclerosis, y también a través del aumento en el riesgo de sufrir diabetes mellitus tipo dos. Y por el otro lado, porque afecta independientemente del peso corporal de la persona y no suele generar síntomas de forma inicial, por lo que puede progresar de forma silente si no tenemos unos hábitos saludables de forma habitual.

 

Marta Pascual Laguna

Dietista-nutricionista (Col. MAD00474)